Los temores de uno, no son los del otro. Ni tampoco los percibimos de la misma manera ni nos afectan con la misma intensidad, incluso ante una situación similar. Pero están allí. A veces agazapados susurrándonos y, en ocasiones, elevando su voz para minar nuestra autoconfianza, socavar la creatividad y, en general, frenarnos.
Y si en tiempos normales habitan en nosotros, en tiempos desafiantes reclaman más protagonismo. Si lo permitimos.
A muchos nos cuesta admitirlos, porque nos hacen sentir débiles, vulnerables.
Pero es clave ponerles nombre, reconocerlos, identificar qué situaciones o personas los detonan, precisamente para restarles fuerza, para desactivarlos. Para enfocarlos como información valiosa. Para decidir qué hacer con ellos. Porque ignorarlos no es opción.
A los miedos hay que zarandearlos con fuerza, con convicción.
Ya bien lo dijo John Wayne:
“Valentía es estar muerto de miedo y aun así subirse al caballo”.