¿Qué harías si no tuvieras miedo de fracasar?. Sólo de pensar en ella, la palabra fracaso nos provoca a muchos escalofríos.
El miedo al fracaso posiblemente esté en nuestro “top” de miedos, aunque no nos guste reconocerlo frente a los demás.
Nos hace sentir débiles, vulnerables, expuestos. La palabra suena a lastre, decepción, rendición. Le damos connotación de algo irreparable, imperdonable, inadmisible.
Así que en nombre del fracaso, renunciamos a proyectos, ideas y sueños, sin siquiera librar la lucha. Sin sopesar que es mejor intentarlo y aprender de ello, que flagelarnos continuamente por no haberlo intentado.
– Tendría que haber…
– Si lo hubiese intentando…
– Si tan solo…
– Si yo hubiera…
– Debería haber…
– Le lleve la contraria a mi corazón.
– Si me hubiese atrevido, capaz que…
– Tuve la oportunidad y la deje pasar.
– Debí intentarlo.
– Y si….
– Si hubiese seguido mi instinto, la historia sería otra.
– Tendría que haber escuchado mi intuición.
¿Cuántas de estas frases, o parecidas, te repites a ti mismo?. ¿Con qué frecuencia?.
Y si te atrevieras, y si lo hicieras, ¿qué es lo peor que podría pasar?.
Porque hay buenas razones para fracasar. Aprendemos del fracaso. Así lo han evidenciado grandes creadores y pensadores a lo largo de la historia. Nos saca de nuestra zona de comodidad. Nos inyecta resiliencia. Pone a prueba la fuerza de nuestra pasión y de nuestra convicción, despertando creatividad. Nos abre nuevas oportunidades, posibilidades, caminos. Y nos hace saborear con mayor humildad el éxito.
¿Cómo quieres seguir definiendo el fracaso?. ¿Cómo un destino o cómo un medio?.