Por más empatía genuina y menos frases vacías, minimizadoras. Las personas a las que quieres,
las personas a las que lideras, se merecen lo primero.
No es lo mismo aceptar la realidad, poniéndole buena cara, que invalidar las emociones.
No es lo mismo reconocer la existencia de problemas y dificultades, que ocultarlos tras una
cortina.
No es lo mismo dirigir una mirada curiosa hacia lo que nos pasa, que forzar una sonrisa para
aparentar que todo está bien.
No es lo mismo reconocer la complejidad de la vida que reducirla al mandato de estar siempre
positivos, pase lo que pase.
No es lo mismo vestirse con buena actitud, en momentos difíciles, que escudarse en un
positivismo tóxico.
Tener una buena actitud es un recurso saludable que nos prepara para abordar situaciones
retadoras, cuando las hemos asimilado o estamos en ello, mientras que el positivismo tóxico es
una máscara que niega la realidad, que invalida las emociones, que resta peso a una circunstancia
difícil.
Es valioso distinguirlas porque recetamos a la gente, muchas veces en el peor de los momentos,
frases tópicas que minimizan lo que viven o lo que sienten. Frases hechas del tipo: “Todo pasa por
algo”; “Agradece y sonríe, porque podría ser peor”; El universo siempre conspira a tu favor, ya
verás”; “En realidad no es tan grave lo que te sucede”. “Al menos tienes (familia/ trabajo / pareja
etc.)
Y lo paradójico es que las pronunciamos como si fuesen un bálsamo, cuando lo que agregamos es
más dolor al dolor.
Sería mejor una mirada compasiva acompañada de silencio que una frase vacía.
Abre puertas a mejores conversaciones.