La confianza no se pide, se gana. Cuando sentimos que nuestros líderes confían en nosotros, que nos perciben confiables, esto tiene un efecto positivo en el modo como asumimos el trabajo, en el modo como nos relacionamos, la manera en que reaccionamos y en la calidad de nuestro trabajo.
En esencia: nos motiva a ser merecedores de esa confianza. Y la confianza genera confianza, activando la mejor versión de nosotros mismos y convirtiéndose en un multiplicador de talento.
Cuando se lidera desde la desconfianza, se suele incurrir en exceso de supervisión y control, limitando la capacidad de anticipación, la creatividad e innovación de nuestra gente. Y si estas competencias son claves para nuestras organizaciones en tiempos normales, lo son aún más en tiempos retadores.
Por el contrario, cuando lideramos desde la confianza, la gente se esfuerza por estar a la altura de las expectativas o de las circunstancias por más complejas que sean.
Gánate la confianza de tu gente. Con palabras. Con hechos. Con acciones.