Seguramente no hay nada peor en el mundo de los negocios que trabajar para un jefe que no quiere que triunfes.
Lo dijo Jack Welch.
Y concuerdo con él. He tenido jefes que me han inspirado a dar lo mejor de mí y otros que aun dándolo todo, me han ninguneado, me han gritado, me han pisoteado la autoestima, me han escamoteado reconocimiento y me han cercenado egoístamente oportunidades de crecimiento.
Fueron pocos, muy pocos, pero todavía me acuerdo de ellos.
Al principio hice un gran esfuerzo para cerrar mis heridas y para expulsarlos de mis recuerdos. Hasta que me di cuenta que una cosa era que mis llagas cicatrizasen y otra muy distinta olvidar a quienes me hirieron.
Me costó, pero entendí que habían sido maestros. Solo que me enseñaron, en carne propia, con mucho dolor, todo lo que no tenía que hacer cuando llegase a liderar personas y equipos.
Ya con la distancia que dan los años, hasta he logrado recordarlos empáticamente. Es claro que a su vez aprendieron posiblemente lo que ellos mismos vivieron. El tema es que posiblemente nunca se lo cuestionaron.
Mi recomendación: por más por más contento que estés con tu organización, con lo que ella te da, o con su prestigio huye de un jefe que no quiere que tengas éxito.