Literalmente le huimos a las conversaciones difíciles.
Hay cosas importantes en juego y las emociones se exacerban y sabemos que no será sencillo conciliar puntos de vista antagónicos.
Procrastinar las conversaciones retadoras es una opción pero definitivamente no una alternativa saludable. Al postergarlas, afectamos decisiones, relaciones y resultados.
Para manejar conversaciones difíciles deberíamos primero cuestionar la forma en que lo hemos venido haciendo.
En lugar de entrar a un diálogo estéril, que sube de tono, donde buscamos imponer nuestro punto de vista y la otra persona hace lo mismo, ¿qué tal si cambiamos nuestro abordaje?.
¿Qué tal si en vez de imponer nuestros motivos, preferencias y objetivos, escuchamos lo que el otro tiene que decir y pensamos no a favor nuestro, ni del otro, sino a favor de los intereses compartidos o los intereses de la organización.
Romper paradigmas nos conduciría a mejores conversaciones.