Las palabras que elegimos, la forma con las pronunciamos, la intención con las que expresamos tienen poder.
El poder de describir nuestra realidad e incluso de crearla o transformarla.
El poder de modificar nuestro estado de ánimo, para bien o para mal.
El poder de contagiar a otros con una visión inspiradora o, por el contrario, aterradora.
El poder de afectar las experiencias, las nuestras y las de los demás.
Por el poder que tienen, no sólo en nosotros sino en otros, debemos cuidar las palabras que usamos en nuestro diálogo interior y las que utilizamos para dirigirnos a otras personas: gente a cargo, colegas, jefes, clientes y otros interlocutores.
Cuida tus palabras.