Para implantar cambios no basta con decretarlos.
Tampoco es suficiente con evangelizar o capacitar sobre ellos.
Y capacitar sobre se queda corto, muy corto.
Si no hemos apelado a las mentes y a los corazones de la gente para moverlas a la acción, imprimiendo significado y propósito, los cambios corren el riesgo de convertirse en cosmética, dolor y reprocesos.
Más que resistirse al cambio, la gente se resiste a que los cambios les sean impuestos sin una guía y un proceso de acompañamiento asertivos, que les permita navegar por las transformaciones, entendiendo el sentido de las mismas y las oportunidades que representan para su propio desarrollo.
La personas quieren, necesitan, anhelan, verse en la foto del futuro.
Gestionar el cambio es, en gran medida, gestionar preocupaciones y gestionar preocupaciones es gestionar emociones.
Para cada quien, las emociones pueden ser distintas así como la intensidad con qué las viven y su duración.
Es simple. Si no se gestionan las emociones, no se gestiona el cambio.