Del susurro de una duda sutil puede pasar a un grito despiadado que te paraliza. La del impostor es una voz que nos aniquila, nos hace dudar, nos hace callar, nos hace temer.
Muchas veces nos hace redoblar esfuerzos, o trabajar mucho más allá de lo que deberíamos, con el consiguiente sacrificio, pero aparentando ante otros que no fue para tanto, que fue pura suerte o que fue fácil.
Ese miedo persistente a que “descubran” que somos un fraude nos afecta a muchos, con independencia del éxito que hayamos alcanzado.
No nos gusta hablar de ello porque nos hace sentir frágiles. Nos avergüenza admitir que esa voz vive en nosotros, a veces agazapada en el fondo de la mente, otras veces gritándonos sin misericordia.
Pero debemos ponerla sobre la mesa, hablar de ella, normalizarla. Lograrlo pasa por reconocer cuando la voz toma el megáfono y arrebatárselo.
- Haré el ridículo.
- No es nada inteligente lo que quiero decir.
- Mejor me quedo callado/a.
- En cualquier momento descubrirán que no sé lo suficiente.
- Pude / debí haberlo hecho mejor.
- No soy lo suficientemente bueno/a
Debemos reconocer las frases lacerantes para restarles fuerza.