Cada quien habrá conocido, estoy segura, al menos a una persona a la que asocia con toxicidad. Cada quien tiene, sospecho -por mi propia experiencia- que relacionarse con al menos una en su trabajo. Y posiblemente tendrá que seguirlo haciendo, si el líder a cargo no toma una decisión tajante sobre esa persona o sobre su comportamiento. Pero que tu jefe normalice su conducta, no significa que tengas que hacer lo mismo.
Es evidente que muchos no estamos en posibilidad de escoger a los colegas con los que trabajamos, pero sí podemos poner límites a los que son disfuncionales y definir tácticas para minimizar su impacto negativo.
Porque es claro, como también le paso a Harry Potter, que formular un deseo no los desaparece. El equivalente del “patronus” como la única defensa de nuestro Harry contra los dementores es, en nuestro caso, ser tajantes al poner límites. Y poner límites no implica ser desagradables ni agresivos.
Si realmente no quieres intoxicarte con compañeros que acuden a ti para hablar mal de otras personas.
Frénalos. De manera tajante.
Estas siete preguntas pueden servirte.
- ¿Cuál es tu intención al contarme esto?.
- ¿Qué quieres que haga con esta información?
- ¿En qué crees que me afecta directamente?.
- ¿Qué evidencia tienes de lo que estás diciendo?.
- ¿Qué esperas lograr de esta conversación?.
- Si es información confidencial ¿por qué me la compartes?
- ¿Cuándo hablarás directamente con la persona?
Las siete funcionan como cortafuegos verbales porque presionan al colega a revelar intenciones, aportar claridad y asumir responsabilidad.
Donde pones tu atención, pones tu energía. No la malgastes. No seas cómplice de rumores, chismes, infundios.