De la salud emocional y mental deberíamos hablar más y hacerlo cada vez mejor.
Solemos quedarnos en la superficie. Preguntamos a una persona -sea un amigo, familiar, colega, colaborador cargo- cómo está, porque sospechamos que algo le sucede, pero luego no sabemos que decir cuando nos comparte algo emocional o doloroso.
No es fácil abrir el corazón para hablar de tensiones emocionales, experiencias traumáticas, situaciones de ansiedad o dificultades mentales. Tampoco lo es compartir sentimientos de culpa, miedos profundos y pérdidas dolorosas. Compartir vivencias que hemos enfocado como privadas, que nos han enseñado a callar, y por las que tememos ser juzgados, requiere de un espacio seguro.
Tampoco es fácil saber cómo responder, cuando se nos enseñó a ponernos una mordaza para evitar hablar de estos temas o aprendimos una combinación de todo lo que no debe hacerse.
Como líderes, tenemos que aprender a dar acompañamiento a quienes lideramos en situaciones difíciles, incluyendo situaciones de salud mental y emocional. Es algo que, a nivel general, todos deberíamos aprender a hacer, porque no estamos exentos de vivirlo y porque a nuestro alrededor ya hay gente que lo padece (a lo mejor nosotros mismos) y lo calla, como si fuese un estigma.
Cuando una persona tiene la valentía de abrirse, tenemos que evitar el lenguaje emocionalmente despectivo o insensible, que incluye desde la minimización, pasando por el sarcasmo, hasta comparaciones perjudiciales. Aunque hayamos vivido algo similar no hemos vivido lo mismo y los efectos pueden ser muy diferentes, según cada quien. Así que tampoco prescribas soluciones.
En un malogrado intento de aliviar a la otra persona, a veces terminamos minimizando lo que vive y minimizándola a ella misma misma, en la conversación.
No lo hagas.