Algunos somos duros, muy duros, con nosotros mismos, a veces más inclementes con nosotros mismos que con los demás.
Nos juzgamos.
Nos regañamos.
Nos castigamos.
Nos comparamos.
Nos autoexigimos.
Nos cuestionamos.
Nos auto-boicoteamos.
Nos negamos descanso.
Nos hablamos con dureza.
Dudamos de nosotros mismos.
Nos imponemos metas muy retadoras.
Subimos incansablemente nuestro estándar.
Pareciera que nunca estamos conformes con lo que somos, con lo que conseguimos, con lo que tenemos, con lo que queremos.
Vivimos reclamándonos a nosotros mismos por el pasado, por lo que salió mal, por lo que pudimos haber hecho mejor, por lo que no intentamos.
Vivimos preocupados por el futuro sin disfrutar de lo que somos, de lo que tenemos y de lo que hemos conseguido.
Y ¿si bajáramos las revoluciones. ¿Si fuésemos más pacientes y compasivos con nosotros mismos?.
- ¿Qué pasaría si damos vacaciones forzosas, de cuando en cuando, al juez hipercrítico e incansable que nos habita?.
- ¿Qué sucedería si aceptamos nuestros errores, nuestros fracasos incluso, como aprendizajes valiosos, sin castigarnos?
- ¿Qué ocurriría si nos impusiéramos a nosotros mismos límites más saludables y veláramos más por nuestro autocuidado?
La paciencia con nosotros mismos es un acto de amor propio. También de humildad.