Que la inteligencia emocional importa en el trabajo y en otras esferas de nuestra vida ya lo sabemos. Que las emociones nos pueden hacer mucho bien o mucho mal ya lo hemos experimentado. Que no se trata de un rasgo innato sino de una competencia que podemos aprender y desarrollar, también.
La pregunta clave que debemos responder es cuánto hacemos conscientemente, deliberadamente, por incrementar nuestro coeficiente emocional.
A cualquier edad podemos aprender y mejorar nuestra inteligencia emocional, si realmente queremos. No se trata de si tenemos capacidad para hacerlo. Se trata de si tenemos suficiente motivación y si le dedicamos suficiente empeño.
Cuanto más sepamos porque reaccionamos como reaccionamos y lo que lo detona, en mayor capacidad estaremos de entendernos a nosotros mismos y de entender a los demás. Más allá de conciencia se requiere de voluntad deliberada.
Un esfuerzo sistemático por estar atentos a nosotros mismos, a nuestro estado de ánimo, a nuestras reacciones y a la vez interesados, genuinamente, en el estado de ánimo, reacciones y preocupaciones de los colaboradores a los que lideramos y de otros interlocutores, ya se trate de familiares, amigos, clientes, proveedores o aliados.
Anótalo, no infravalores, nunca, el poder para el bien que tienen las emociones, ni tampoco su potencial para hacer daño.