Cuando estamos abrumados, presionados, sobrepasados, es cuando más necesitamos detenernos.
Pausar. Hacer un alto, respirar profundo, estirarnos, conectar con la naturaleza, reconectar con otros o con nosotros mismos.
A veces, para recargarnos, es suficiente con una pequeña caminata. Con mirar por una ventana. Con saborear lentamente un café o un vaso de agua.
Otras veces es necesario simplemente cerrar la computadora y olvidarnos de ella por varias horas.
Y es posible que, en ocasiones, sea indispensable para nuestro bienestar tomarnos unos días de vacaciones, de verdaderas vacaciones, de real desconexión del trabajo.
Sobre-exigirnos nos drena. Pero nos cuesta parar. Confundimos productividad con trabajar sin descanso.
Pero quien no encuentra tiempo para su bienestar, tarde o temprano tendrá que encontrarlo para lidiar con los efectos del cansancio y del desgaste.